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7 Mar 2026 5:29 am

C5

El Mencho del anonimato al control y a la traición en Palacio Nacional

 

Durante  años Nemesio Rubén  Oseguera Cervantes “El Mencho” fue el nombre que aparecía como un eco: en expedientes, en recompensas, en mapas de inteligencia, en la conversación de la calle, y en palacio nacional. No solo como uno de los delincuentes más buscados sino incluso como un amigo, alguien intocable.

No era el capo que buscaba reflectores: era el que ordenaba, el que movía, el que hacía política, el que apoyaba y el que se escondía.

Por eso, su historia no se entiende como biografía de un hombre, sino como la historia de un método: crecer sobre los vacíos que dejan otros y convertir la violencia en administración del territorio.

Los orígenes que casi nunca importan… hasta que importan

Oseguera nació el 17 de julio de 1966 en Aguililla, Michoacán. Su trayectoria incluye el paso por entornos de seguridad pública y el tránsito entre México y Estados Unidos, antes de consolidarse en el mundo criminal.

Ese dato, “ex policía”, no es un adorno: explica una parte del fenómeno CJNG. El salto no fue solo del delito común al narcotráfico; fue del conocimiento del Estado (sus rutinas, sus miedos, sus procedimientos) a la explotación de sus grietas.
<span;>CJNG: cuando “crecer” significó ocupar el vacío

El Cártel Jalisco Nueva Generación se volvió el actor que mejor entendió el reacomodo tras la caída o debilitamiento de grandes estructuras criminales.

En la narrativa pública, CJNG se asocia a su etapa de expansión acelerada y a la marca “MataZetas”, que en 2011 se volvió noticia por episodios de alto impacto en Veracruz.

Esa etapa fue clave: al CJNG le funcionó el mensaje de “limpieza” contra rivales para entrar a plazas donde la población ya vivía secuestrada por otros grupos. Fue propaganda de guerra y, al mismo tiempo, estrategia de mercado criminal.

2015: el día que la guerra subió de nivel

<span;>Si hay una fecha que simboliza el punto de no retorno, es el 1 de mayo de 2015. Ese día, durante una ofensiva federal en Jalisco, ocurrió un hecho que quedó marcado como precedente: un helicóptero de fuerzas de seguridad fue derribado en un contexto de operación contra el líder del CJNG y su círculo de protección.

<span;>Ese episodio no solo fue violencia: fue mensaje operativo. El CJNG mostró capacidad táctica y decisión para confrontar al Estado con lógica paramilitar.

<span;>En paralelo, la presión internacional se formalizó temprano. En abril de 2015, el Departamento del Tesoro de EE. UU. (OFAC) designó al CJNG y a “El Mencho” bajo el Kingpin Act, y años después siguieron acciones coordinadas del gobierno estadounidense.

<span;>La recompensa también se volvió símbolo: el Departamento de Estado ofreció hasta 15 millones de dólares por información que condujera a su captura y/o condena.

<span;>El 26 de junio de 2020, el atentado contra Omar García Harfuch en CDMX marcó otro punto de quiebre: un ataque masivo, a plena luz, que dejó muertos y colocó al CJNG como organización dispuesta a cruzar líneas.

<span;>Ese día la ciudad entendió algo incómodo: la violencia “de otros estados” podía tocar a cualquiera, en cualquier avenida.

<span;>A finales de 2024, en EE. UU. hubo golpes judiciales contra piezas del entorno CJNG: por ejemplo, el Departamento de Justicia informó el arresto de un alto integrante señalado como yerno de “El Mencho”.

<span;>Y la DEA difundió también la condena de Rubén Oseguera González, “El Menchito” en una causa federal que lo colocaba como figura de alto nivel dentro del CJNG.

<span;>Sin embargo, nada de eso significaba que “El Mencho” estuviera cerca. La historia reciente de México está llena de rumores de muerte de capos; y el caso Oseguera tuvo versiones previas que nunca se sostuvieron con confirmación institucional sólida.

<span;>La diferencia, esta vez, fue la convergencia de reportes de medios internacionales y confirmaciones desde el aparato de seguridad: “El Mencho” murió tras un operativo federal en Tapalpa, Jalisco, en el contexto de su captura/traslado, según versiones públicas difundidas ese día.

<span;>Lo que siguió no fue “reacción”: fue una demostración de fuerza con lógica nacional. Se reportaron bloqueos, quema de vehículos y episodios violentos en múltiples estados.

<span;>La reacción internacional fue inmediata. La Embajada de EE. UU. emitió alertas de seguridad pidiendo resguardarse en diversas zonas por operaciones y bloqueos.

<span;>Y la disrupción alcanzó a la vida cotidiana: cancelaciones y afectaciones a viajes y actividades en regiones con alta afluencia turística.

<span;>En México, la presidenta Claudia Sheinbaum reaccionó públicamente con mensajes de reconocimiento a fuerzas federales y llamados a la calma.

<span;>En el trasfondo apareció un dato que reordena el tablero político: Reuters reportó que un nuevo grupo liderado por el ejército de EE. UU. (JITF-CC) aportó inteligencia en el proceso de búsqueda, dentro de un marco de cooperación en el que la operación en campo habría sido mexicana.

<span;>Lo que queda cuando cae un líder
<span;>El problema —y aquí está el centro político del tema— no es solo si “El Mencho” ya no está. Es qué representa su ausencia:

<span;>Reacomodo interno: el CJNG no es una persona; es una red. La muerte del líder abre disputas por sucesión, control de rutas, y “franquicias” regionales.

<span;>La prueba del Estado: abatir al objetivo no equivale a recuperar el territorio. La pregunta real es si el Estado puede sostener presencia sin que el “vacío” lo llenen nuevas violencias.
<span;>La relación México–EE. UU.: la cooperación de inteligencia, en un contexto de presión por fentanilo y crimen transnacional, se vuelve un tema de soberanía práctica: ¿quién define objetivos, tiempos y narrativa?

<span;>La sociedad atrapada: lo más humano —y lo más brutal— es que el costo no lo pagan los jefes: lo pagan conductores varados, familias encerradas, comercios cerrados, turistas sin salida, estudiantes sin clases.

<span;>“El Mencho” pasó años siendo un fantasma: demasiado peligroso para capturarlo, demasiado útil para explicar la violencia por parte de Palacio Nacional, demasiado rentable como para poner y quitar presidentes y presidentas municipales, diputados, gobernadores, para sostener una maquinaria.

Su muerte, el 22 de febrero de 2026, no cierra la historia: abre otra, más delicada, porque ahora el CJNG tendrá que demostrar si era un cártel con jefe… o un sistema que ya aprendió a operar sin él.

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